"Es el Mundial más sucio y corrupto de la historia."
Eso es lo que se lee todos los días en redes sociales. Lo escuchamos en la radio, lo vemos en la televisión y aparece una y otra vez en videos donde se congela una imagen para demostrar que la FIFA está manipulando el torneo. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para revisar una jugada y, al mismo tiempo, nunca había existido tanta desconfianza hacia quienes las revisan. Y entonces surge una pregunta que va más allá de Argentina, de Messi o del VAR, y que me parece mucho más interesante.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
Porque los errores arbitrales no nacieron en este Mundial. Han acompañado al fútbol desde siempre y, nos guste o no, también forman parte de su historia. Ahí están la mano de Maradona contra Inglaterra, el gol fantasma inglés, el "No era penal" contra México o el gol que nunca le concedieron a Inglaterra en Sudáfrica 2010. Cada generación tiene su propia colección de injusticias y, sin embargo, nunca habíamos visto una reacción colectiva como la de este torneo. Entonces, si los errores siempre estuvieron ahí, ¿qué cambió para que millones de aficionados sintieran que el fútbol dejó de jugarse bajo las mismas reglas para todos?
El problema ya no es el error arbitral. El problema es que millones de aficionados dejaron de creer que el torneo se juega bajo las mismas condiciones para todos.
Todos queremos echarle la culpa al VAR. Es lo más fácil. Después de todo, llegó con la promesa de corregir los errores humanos y devolverle justicia al juego. Durante décadas aceptamos que un árbitro simplemente podía equivocarse. No veía la jugada, estaba mal colocado o tomaba una decisión en una fracción de segundo. Hoy existen decenas de cámaras, líneas virtuales, sensores, una sala de revisión y varios árbitros observando exactamente la misma acción. La tecnología elevó el estándar de prueba. Lo irónico es que no consiguió elevar la confianza. Ahora ya no nos preguntamos por qué el árbitro no vio una jugada; nos preguntamos cómo nadie, entre tantas personas y tanta tecnología, fue capaz de verla.
La tecnología elevó el estándar de prueba. Lo irónico es que no consiguió elevar la confianza.
Pero también hay algo de responsabilidad en nosotros. Creemos que el reglamento funciona como una fórmula matemática cuando, en realidad, sigue dependiendo de la interpretación humana. ¿Qué es fuerza excesiva? ¿Dónde termina una entrada temeraria y dónde empieza el juego brusco grave? Dos árbitros FIFA pueden analizar exactamente la misma acción y llegar a conclusiones distintas sin que ninguno esté actuando de mala fe. A eso habría que añadir otra realidad que pocas veces discutimos: ya no vemos el fútbol completo. Vemos el cuadro congelado, la cámara lenta, el círculo amarillo, la flecha roja y un video de quince segundos acompañado por alguien que asegura que la jugada era una expulsión clarísima. Terminamos juzgando una fotografía. Y el fútbol no ocurre en fotografías. Ocurre en movimiento.
El fútbol no ocurre en fotografías. Ocurre en movimiento.
Todo eso explica por qué Argentina se convirtió en el centro de la tormenta. La entrada de Lionel Messi sobre un rival abrió un debate que todavía sigue vivo. Para muchos era una expulsión; para otros, apenas una amarilla que el árbitro dejó pasar. Después llegaron los tres goles de Messi y, con ellos, la sensación de que el mejor jugador del mundo estaba siendo protegido por el sistema. Días más tarde apareció el caso de Florian Balogun. La acción era muy parecida, pero el desenlace fue completamente distinto: la tarjeta roja. Hasta ahí seguíamos hablando de fútbol. Lo que cambió la conversación fue lo que ocurrió después. El presidente de Estados Unidos anunció públicamente que había llamado a Gianni Infantino para pedir que se revisara el caso y, poco tiempo después, la FIFA suspendió la sanción para que Balogun pudiera disputar el siguiente partido. Más allá de si la expulsión había sido correcta o incorrecta, el precedente resultó demoledor. Para muchos aficionados fue la primera vez que una decisión tomada en la cancha parecía modificarse desde una oficina.
Después llegaron el fuera de juego milimétrico que eliminó a Croacia y las revisiones al límite durante el partido entre Argentina y Egipto. Cada una de esas acciones puede defenderse desde el reglamento. Algunas probablemente fueron correctas. El problema es que, juntas, alimentan una percepción muy difícil de romper: la de que existe una vara distinta para medir a cada selección.
Y las percepciones tienen una característica muy peligrosa. Una vez que se instalan, comienzan a alimentarse de sí mismas. Cuando un aficionado está convencido de que un equipo está siendo favorecido, cada nueva jugada deja de analizarse por sí misma y empieza a convertirse en una prueba más de esa teoría. Ya no importa únicamente lo que ocurrió en la cancha; importa la historia que creemos estar viendo. Eso no significa que las críticas sean infundadas ni que los árbitros sean inmunes a los sesgos. Sería ingenuo pensarlo. Un jugador con el aura de Messi puede influir, consciente o inconscientemente, en quien toma una decisión. Todos somos humanos. Eso sí necesita pruebas mucho más sólidas: afirmar que esos sesgos forman parte de una conspiración diseñada para alterar el resultado de un Mundial.
Y aquí es donde quiero hacerte una pregunta.
Si tú formas parte de quienes están convencidos de que todo esto es una conspiración, ¿quién te hizo tanto daño? ¿En qué momento el fútbol te hizo perder la fe de creer que el mejor jugador del mundo puede ganar un partido simplemente porque es el mejor jugador del mundo? ¿En qué momento dejamos de confiar incluso en el árbitro que dirige sus partidos?
No hago esa pregunta para defender a la FIFA. Mucho menos para defender a Messi. La hago porque me preocupa algo mucho más grande. El día que dejamos de conceder el beneficio de la duda, dejamos también de disfrutar el juego. Hoy parece que cada decisión polémica necesita una conspiración. Si favorece a Argentina, es porque las teorías más repetidas sostienen que la FIFA quiere despedir a Messi levantando la Copa del Mundo. Si favorece a Estados Unidos, es porque el poder político intervino. Si favorece al anfitrión, es porque los intereses comerciales pesan más que el reglamento. Poco a poco hemos sustituido el beneficio de la duda por la teoría de la conspiración.
La justicia en el deporte siempre tendrá dos componentes: debe ser justa, pero también debe parecer justa. Y ahí está el verdadero problema. El mayor dolor que puede sentir un aficionado no es perder un partido. Es perder la confianza en lo que ocurre dentro de la cancha. Porque cuando esa confianza desaparece, ya no solo se mancha el esfuerzo de los jugadores. También se mancha el de quienes cruzaron un continente para estar en un estadio, el de quienes ahorraron durante años para vivir un Mundial y el de quienes siguen creyendo que, durante noventa minutos, el fútbol todavía puede decidirse únicamente dentro del terreno de juego.
El mayor dolor que puede sentir un aficionado no es perder un partido. Es perder la confianza en lo que ocurre dentro de la cancha.
Quizá nunca sabremos si este Mundial estuvo condicionado por intereses externos. Lo que sí sabemos es que, por primera vez en mucho tiempo, millones de aficionados dejaron de concederle a la FIFA el beneficio de la duda. Y recuperar esa credibilidad puede ser mucho más difícil que levantar cualquier Copa del Mundo.
Espantapájaros
Hace unos días, uno de mis divulgadores científicos favoritos, Javier Santaolalla, publicó una reflexión criticando el culto al dato y el uso excesivo de la tecnología en el fútbol. No comparto del todo esa postura. Me parece que la información, bien utilizada, nos ayuda a entender mejor el juego. Pero también entiendo la incomodidad que provoca ver cómo un Mundial puede decidirse porque la punta de un botín estaba adelantada apenas unos milímetros.
Lo irónico es que la tecnología llegó para reducir la discusión y terminó multiplicándola. Quizá el problema no sea el VAR. Quizá tampoco sea la tecnología. Tal vez el verdadero debate sea hasta dónde queremos sacrificar el espíritu del fútbol en nombre de una precisión que, al menos por ahora, todavía no ha conseguido convencernos de que las decisiones son más justas.
